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Una bomba a punto de explotar

  • Writer: Lucia Igol
    Lucia Igol
  • Jan 30, 2025
  • 5 min read

sobre La señorita Porcel de Esther Cross

En general, si escuchamos el ruido metálico de una cacerola golpeada con furia, pensamos: protesta. El estallido del 2001 en nuestro país marcó un punto de inflexión en la Historia del Hartazgo Argentino, con énfasis en las ollas vacías. Como símbolo, es el sonido del fracaso del modelo neoliberal de los ‘90 (que fue, precisamente, estrepitoso). Pero sabemos que los vaivenes de la Historia no impiden que los símbolos se resignifiquen. Hay una imagen que ilustra cierto desplazamiento: es del año 2008 y muestra a una señora de Recoleta, bien vestida y con su cartera de cuero al hombro, en un cacerolazo contra la resolución 125 (la de las retenciones a la exportación de granos); al lado, su mucama, con el uniforme puesto, golpea la olla. No pretendo entrar aquí en detalles sobre el contexto: me interesa, en principio, la foto. Una señora “saca” a su mucama a la calle para hacerla golpear la cacerola, acaso por estar demasiado desacostumbrada ella misma al contacto con los utensilios de cocina. 

En el mismo año de esa imagen (2008) Esther Cross publica su novela La Señorita Porcel (ganadora del  Premio Internacional de Narrativa de la editorial Siglo XXI en México). Es una de esas coincidencias que vuelven tentadora la asociación. Los lectores del libro de Cross podríamos ver en esa señora aferrada a su cartera a la mismísima Ema Porcel, el personaje de la novela. Se trata de una mujer de alcurnia, bien ubicada en las tertulias de la alta sociedad porteña. Es portadora de apellido, “de los Porcel de Peralta”, pero, sobre todo, domina el arte de las apariencias. Aquel don es, a la vez, su talento y su condena. Es que, por eso, la narradora de esta novela la odia. Odia a Ema Porcel con toda su alma, y llevará ese odio hasta las últimas consecuencias. La señorita Porcel es una historia narrada desde la irritación y el resentimiento. 

Según la protagonista, Ema Porcel es una vividora. Una aparente rica que no lo es tanto pero que se las ha ingeniado toda su vida para conseguir que los demás gasten dinero por ella. “Ema Porcel vivió de mi tía abuela”, dice, “de a poco fue disfrutando de la pequeña fortuna que me hubiera tocado a mí, por propiedad transitiva”. Nos sumergimos en una primera persona que nos narra sin grises desde el comienzo: prende fuego un cajero automático y deja a Ema Porcel encerrada adentro. La mira asfixiarse, entrar en desesperación y así consuma su venganza. Se deshace de su enemiga sin compasión, sí, pero también sin solemnidad. En esa conjunción, Cross logra un tono singular, liviano y a la vez profundo, irónico, desfachatado… Al mismo tiempo, es siempre capaz de capturar la tristeza de la desgracia individual en medio del derrumbe. En esa combinación extrañamente armoniosa entre liviandad y tragedia está el brillo del texto. 

Ema Porcel ha votado a un artista plástico para que gane el cuantioso premio de la Fundación Superfuel por una instalación que consiste en entrar en una sala vacía en que la luz se enciende y apaga, una y otra vez, para incomodar al espectador. Ema Porcel opina que los desaparecidos de la última dictadura militar viven en Noruega. Ema Porcel sabe todo lo que hay que hacer y qué es lo que corresponde porque maneja un código estricto y mudo. 

Si bien, como dije, podríamos imprimirle los rasgos de Ema Porcel a la señora con mucama y cacerola de la foto de 2008, lo cierto es que la historia que cuenta Cross se sitúa en la inminencia del otro cacerolazo, el de 2001. La protagonista nos conduce por su propio camino de descenso económico desde las esferas de la clase media alta de Recoleta (el barrio que comparte con su enemiga Ema). Tras una serie de decisiones imprudentes que la arrojan al gasto desenfrenado, se ve colmada de deudas bancarias y obligada a trabajar. Exhibe sus vicios y excesos sin autocomplacencia. Se define a sí misma como “demasiado rica para ser de izquierda y demasiado inteligente para ser de derecha”. Y dice: “Tuve que salir a buscar trabajos de calificación dudosa en una tierra sin trabajo. Era la famosa rica pobre argentina”. 

La novela de Cross exhibe las grietas que el comienzo del milenio imprime sobre la superficie de un sector que se creía a salvo. Es una historia que oscila entre las aventuras callejeras a las que la narradora se enfrenta en su nuevo trabajo y el retrato ácido que puede hacer sobre su propia clase social. Por ejemplo, el caso de Silvia Méndez Saavedra, una mujer que sobrevive a su empobrecimiento instalada en el Patio Bullrich. Se queda horas en el patio de comidas pero no consume nada, duerme en la cama solar, lee libros prestados en las librerías. Nadie quiere saludarla. La esquivan porque, si le preguntan cómo está, contesta en serio. Cuenta lo que le pasa, y eso, a los de su clase, les resulta una obscenidad imperdonable. 

La señorita Porcel es una novela sobre el dinero: sobre tenerlo, gastarlo y perderlo. Sobre ser mezquina con el dinero, como Ema Porcel, por ejemplo, cuando dice que no hay que darle plata a una chica que reparte estampitas. “La madre usa la plata para emborracharse”, afirma, y agrega su frase de cabecera: “if you know what I mean”. Con tono irónico y mordaz, la narradora muestra de cerca las miserias de los de doble apellido y las señales poco felices de un cambio de época. Todo es una bomba a punto de explotar: la caída, la pobreza, el hartazgo social, su propio resentimiento. En ese borde explosivo, teje una historia que muestra el valor del dinero como recurso y como símbolo. Por todo eso, este libro de Esther Cross es particularmente actual. Lo supo ver la editorial Clubcinco al reeditarlo en 2022. En el afán de la protagonista por desenmascarar una puesta en escena de riqueza, la novela nos enfrenta con un tópico vigente. 

La performance del dinero es un hit contemporáneo, aunque ahora tiene un matiz distinto del que tenía a comienzos de los 2000. No creo estar sola si digo, con un poco de pudor, que es excesiva cantidad de imágenes de personas desconocidas felices que desfila frente a mis ojos cuando sucumbo a las redes sociales. Personas que lograron dejar sus aburridos trabajos de oficina para dedicarse, simplemente, a viajar. Millonarios, sí, pero dispuestos a compartir su secreto, a enseñarnos a hacer dinero en tan solo cinco clases sobre Cómo ser millonario por el módico precio de 300 dólares. Impensable para alguien como Ema Porcel, de los Porcel de Peralta, para quien, seguramente, el dinero reviste el carácter de invisible fuente de bienestar. Es algo con lo que se nace. Incluso se puede fingir tenerlo, pero aprender a hacerlo, jamás. 

El dinero no se toca. Eso es, en cierta forma, lo que Ema quiere decirle a la narradora cuando la descubre “con las manos en la masa” en medio de una reunión social. Después, la acompaña hasta el cajero automático. “A esta hora de la noche el cajero es un caos. Como es principio de mes, debe haber venido mucha gente para retirar sus sueldos”, le dice la protagonista a Ema. “¿Fin de mes? ¿Sueldo? Ema mira, desconcertada: no entiende por qué le hablo de esas cosas”. El cajero automático como escenario de venganza puede tener, entonces, un sentido más denso e incluso sarcástico: Ema Porcel sucumbe en el sitio en el que su carencia se vuelve tangible. Es un lugar impúdico para ella. En definitiva, esta novela de Esther Cross nos incita, con el ritmo placentero de una escritura que no le teme al humor, a pensar qué cosas se pierden cuando se pierden el dinero, la paciencia y acaso, también, la cordura.


Cross, Esther (2022). La señorita Porcel. Buenos Aires: Clubcinco. (176 páginas)

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